miércoles, octubre 26, 2005

NO DEJEMOS DE SENTIR

Ayer, caminaba por el Centro Histórico de Quito, cuando de pronto, escuché unos gritos y me percaté de que toda la gente miraba calle arriba. A mi derecha, una joven mujer indígena bajaba corriendo por la vereda con dos canastos de frutas en sus manos. Ella se detuvo cerca de mí, pero lo que más llamó mi atención fue ver que a unos cuantos metros de ella, bajaba también alguien totalmente asustado, gritando y llorando. Sus ojos eran sinceros, pues no entendía lo que ocurría, y su confusión estaba totalmente justificada: era un niño de menos de tres años de edad. Mientras sus pies, como por instinto, lo alejaban de lo que estaba sucediendo, el nene insistentemente miraba atrás como intentando entender lo que pasaba. Arriba, al inicio de la cuadra, los gritos de una mujer, se confundían con los de tres policías metropolitanos. No era necesario mirar demasiado para entender la situación: los policías le estaban arrebatando el canasto de frutas a una mujer indígena que no alcanzó a correr tan velozmente como la que estaba casi a mi lado, quien a todo pulmón le gritaba algo en quichua, que ninguno de nosotros podía entender. Luego de unos segundos de forcejeo (pues tres contra una, no es tan complicado…), vi que uno de los policías, subido en la camioneta en que se transportaban, de un tirón ponía el canasto en el camión. La mujer gritaba, y trataba de evitarlo, pero “eficientemente” y sin tardanza, otro de los policías le amenazó con el tolete para que se aleje. FIN DE LA HISTORIA.

Lo mismo que acabo de contar, fue lo que los ojitos de ese niño tan pequeño fueron forzados a ver y su mente inocente tuvo que procesar aunque no lo pudiera entender.

Supongo que es ilegal vender en las calles del Centro Histórico de Quito (lo hubieran intentado en el norte, donde hay muchas esquinas abarrotadas de vendedores y nadie dice nada). Entiendo entonces, que los policías sólo hacían su trabajo, que el tumulto que se armó era “normal”, que lo gritos de la mujer eran vanos, que amenazarla con el tolete no fue más que justo, y que llevarse la fruta (¿a dónde, para quién?) es lo procedente en estos casos. Tal vez, toda esa parte racional puede llegar a entenderse, pero, ¿y el llanto del nene?, ¿quién tiene la culpa de que un niño tan chiquito se asuste y salga del tumulto corriendo por sí sólo, para salvarse de algo que le atemoriza pero que no entiende?, ¿quién va a ser responsable del miedo que sienta cuando vea a esos hombres vestidos de azul que amenazaron a esa mujer que probablemente es su mamá?, ¿quién le va a explicar que ellos no son malos, que solo cumplían su trabajo y que si para eso tuvieron que enfrentarse tres contra una sola mujer, fue porque ella seguramente era muy pero muy fuerte?

Tal como para este pequeño, habrán muchas cosas que para otros niños no quedarán claras en la infancia. Lastimosamente, para unos, lo poco que el tiempo les llegará a enseñar es que papá noel no es de verdad o que un traje no te da súper poderes. Para niños como el de este relato, la fantasía ni siquiera existe. Es la realidad la que no se dejará entender. Es esa violencia que vivió la que tendrá que enseñarle que hay que respetar las leyes y hacer las cosas bien. Esa misma violencia, seguramente deberá alimentar el amor por esta ciudad, y el respeto por quiénes procuran y en cierto modo buscan garantizar una vida pacífica. No suena muy lógico, ¿verdad?. Sería bueno preguntarnos si estamos haciendo algo mal, pues puede ser que la fórmula no funcione y dentro de algunos años se nos pague con violencia cada lágrima injusta que arrancamos a quien no merecía llorar.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Son escenas cotidianas en nuestro Quito, pero no debería ser cotidiana nuestra indiferencia. Fui testigo también, pero no logré verlo con tus ojos, gracias por dejarme verlo con tus palabras.